16 abril 2019

Pero qué buenos momentos nos ha dejado este trimestre que se acaba. Ha sido largo pero por eso nos ha permitido tanto y tan bueno. Gracias a todos los que, semana tras semana, os acercáis al Bazar a compartir Letras. Y en especial a Joaquín Campillo (del Bazar del Centro Cultural Tardes) que, amable como es, ha querido compartir este relato con todas nosotras. A la vuelta de vacaciones, seguiremos.



EL FINAL DEL VUELO
           
            En lo oscuro, la melodía que suena remueve dos cuerpos en la cama. La mujer responde al estímulo y eleva sus párpados. La tiranía de la alarma nunca deja de ser eso: un abuso de la máquina sobre el deseo. Casi de forma automática la mano silencia el celular.

            Aromas nocturnos que hay que despedir la llevan a la ducha. Los vapores impiden que su moldeado cuerpo se aprecie nítido tras la mampara. Una toalla, con deleite, envuelve su cuerpo. El uniforme pende de una percha: Falda azul de tubo que cubre las rodillas, chaqueta ceñida al talle, en la espalda, decorada con un fino cordón dorado; en la bocamanga, luce un galón prestado de oro, como corresponde a su categoría; zapato negro con poco tacón, asegura la estabilidad y el movimiento, sin dejar al margen la elegancia; las medias negras se adaptan a las esculturales piernas.  La melena larga se ve obligada a sufrir el trenzado, por la normativa. Vibra la batidora su canción, mientras prepara el batido multifrutas, consuelo de su estómago.  

            Llegar al aeropuerto le supone una hora. La bella cariátide arrastra su pequeña maleta por los pasillos, camino de la zona de personal. Saludos, más o menos sinceros, la colman al llegar al local donde se reúnen las tripulaciones: Azafatas, pilotos, sobrecargos comentan las novedades antes de pasar lista y recibir las últimas indicaciones del vuelo. Allí toma su dosis de cafeína, retoca su maquillaje antes del despegue...  Ya en el aire, comienza su tarea.

            Vuela, al igual que el avión, el tiempo. En otro lugar, Mario cierra el ordenador y mira el teléfono. Han pasado veinte horas desde que su pareja, azafata, despegó; no hay ningún mensaje de llegada en su teléfono. El vuelo a Singapur conlleva dieciséis horas; se extraña un poco. Sale del trabajo. El metro, atestado como siempre, le recibe en su habitáculo lleno de seres que se miran, se soportan y donde cada uno piensa en lo suyo. Él desgrana los últimos momentos que pasó con Marisa, vuelve a pensar en la demora de su aviso. Una costumbre, habitual y normalizada entre ellos desde hace dos años que comparten vida; y todo lo que implica el enamoramiento.

            Entra en el apartamento y la mano obedece al monótono instinto: enciende la televisión. Un latigazo acompañado del espanto se hace presente en su cuerpo. El noticiario de la tarde vomita las tragedias sucedidas: El avión de Marisa ha desaparecido del rádar en el golfo de Bengala. La cabeza entre las manos que agarran con fuerza sus cabellos; los dientes apretados y las lágrimas que afloran...

            En aquel mar, ahora en calma, flotan fragmentos de todo tipo y parte del avión todavía se mantiene en superficie. Un hombre, con chaleco salvavidas, a duras penas consigue nadar hacia una balsa. Cuando llega observa que, dentro, hay una mujer con el uniforme desgarrado, con erosiones en su cara y cuerpo; esta le tiende la mano para que suba a bordo...
           
            —¡Gracias a Dios, nos hemos salvado! —dice él— Usted es Marisa, la azafata que me atendió.
           
            Los dos se funden en un abrazo. Unas horas después, tras oírse un ronroneo de un bimotor, una bengala surca el cielo. Marisa vuelve a cargar la pistola lanzadora; todavía le quedan cuatro.

06/04/2019
Joaquín Campillo Villa 

09 abril 2019

Dicen que la primavera la sangre altera. Pues si andáis revolucionados, seguro que os emocionarán estos versos de Basi Jorquera tanto como a nosotros:


No quiero conquistarte
Como si de solo un castillo se tratara,

No quiero tenerte
Como si de una posesión más tuviera, 

No quiero comerte
Como si de una fruta madura fueras, 

Tan solo quiero bailarte, besarte, rondarte, libarte:
Amarte

Como solo lo quieren dos amantes enamorados. 

                   BASI JORQUERA 9-1-19


21 marzo 2019

Queridos amigos, llega la primavera. Y llega cargada de recuerdos de nuestra intensa semana pasada y los eventos para conmemorar el Día de las Mujeres. Hoy queremos compartir con vosotros el Relato ganador del Certamen 8 de Marzo que su autora, Geli Sánchez, leyó para el público en el Encuentro con Rosa Villacastín el pasado miércoles 13.


PARA MUJER PIONERA…
Para mujer pionera… mi madre. Al menos así la considero yo.
Nació en los albores de los años cuarenta. En la dura posguerra. Ella, la cuarta de cinco hermanas.
La vida no era nada fácil en aquellos tiempos, y menos para los que vivían en el campo. El bancal la recibió siendo una niña de once años.  Tuvo que dejar el colegio cuando era lista como ninguna para los números.
Trabajó duro, muy duro en verdad, en un campo vecino de sol a sol por unas míseras pesetas como ayuda para la casa.  Pocas diversiones tuvo aquella niña-mujer.  Trabajaba en el campo, ayudaba  en casa, cuidaba de su hermana pequeña, ayudaba a cargar el isocarro de su padre vinatero… 
Creció, y mientras que las hermanas se iban casando ella siguió trabajando y ayudando en casa. La máquina de coser fue su aliada en los años siguientes. Los bordados de pañuelos, sábanas y mantelerías le aportaron un dinerillo extra. 
En aquellos tiempos llegó el amor llamando a su puerta.  Y no le dio esquinazo. Ilusionada se enfrentó al reto de mujer casada con un albañil, con muchas horas de trabajo a sus espaldas y poco dinero en los bolsillos.  
Dejó los bordados y pasó a la costura. Tuvo el privilegio de ser la primera de su familia que trabajó para unos almacenes cosiendo vestidos, blusas y faldas que después aparecían en los escaparates de las tiendas de Cartagena. Sí, ella cosía y recibía a cambio un salario. 
Esposa, madre de cuatro hijos y trabajadora.  Los años siguientes siguieron siendo duros.  
Con más de cuarenta años se vio obligada a sacarse el carnet de conducir por necesidad. El marido ni lo tenía ni estaba dispuesto a estudiar para obtenerlo. Así que allí se vio ella hincando codos para lidiar con unos test de lo más complicados.  Los superó, al igual que superó las prácticas y pudo obtener no sin esfuerzo el permiso de circulación. Tuvo que sacar horas de donde no tenía para llevarlo a cabo con tesón y también con ilusión. 
El tiempo pasó, los hijos se casaron y se marcharon de la casa familiar y allí quedó ella con su marido jubilado. Mujer incansable que siguió cuidando de su familia,  de su casa, de su huerto y que abandonó la costura para dedicarla a otras aficiones como la lectura, la escuela de adultos e incluso la gimnasia para mayores.
Fue una de tantas mujeres que,  por la época que les tocó vivir y por la falta de dinero,  se vieron imposibilitadas en desarrollarse a sí mismas para obtener una vida, si no mejor, más gratificante.
Ahí sigue luchando por hacer lo que le gusta, lo que desea, lo que la llena y satisface. Día a día se enriquece con nuevas experiencias de conocer y ver lugares nuevos. Viajante incansable se atreve con todo. Yo la llamo “Dora la exploradora”.
Esa es ella. Mi madre. Una pionera en su propia historia.
             FIN



07 marzo 2019

Nuestro amigo Basi Jorquera nos envía un relato de los que rasgan. Bon appétit!!




23 febrero 2019

Buen día soleado,
Esta semana hemos disfrutado un año más de las Jornadas Carmen Conde que organiza la Asociación de Mujeres Amanecer de Barrio Peral. Y también del Certamen de Relatos inspirados en los versos de la gran autora cartagenera. La ganadora de esta edición, Milagros Márquez, ha querido compartir con todos nosotros su emotiva narración. Allá van esas cartas:


LAS CARTAS

El amanecer me arrojó a ese duermevela en el que confunden la realidad con los sueños. Había dormido poco. En la soledad de la noche lo había decidido, un año de dudas, vacilaciones… Ayer recibí su última carta en la que me decía la dirección que tantas veces le había rogado. Teníamos que conocernos para saber si era verdad ese amor que se manifestaba romántico, exultante, apasionado, completo.
Todo había comenzado las Navidades pasadas. Cuando recibí su primera carta no sabía si tomarla en serio, ya en la mitad de mi vida había alguien que se interesaba por mí y me pedía amistad, me parecía increíble. Cuando era joven y lo necesitaba no llegó, los pocos candidatos no llenaban las expectativas de mis fantasías, llevándome de la mano por mares escondidos donde descubriríamos el gran secreto de la vida, el amor total de aceptación y de entrega.
Por curiosidad contesté la primera carta, en la que me decía que su nombre era Lucas, de edad próxima a la mía, y su deseo era que mantuviésemos correspondencia como amigos. Lo que más me intrigó fue  que en la era de las redes sociales y otros medios modernos de comunicación, hubiera escogido precisamente ese tan antiguo, Al preguntárselo, meses después, me dijo que allí era donde verdaderamente podía descargar su alma, revelar sus más íntimos deseos y, sobre todo, volver a disfrutar de momentos inolvidables releyendo las mías.
Las cartas llegaban regularmente todas las semanas salvo, y esto era lo más intrigante, cuando desaparecían por un tiempo para volver a iniciar la correspondencia donde se dejó la última vez. Yo preguntaba, pero él no respondía. Con el paso del tiempo las cartas se hicieron más intimas, describiendo situaciones imaginarias de amaneceres juntos en una playa cogidos de la mano en esa hora en que los grises dan paso a la explosión del color. Así veía él nuestra relación, empezó en amistad y surgió un amor profundo, romántico, compartido. Navegaríamos juntos por la vida y sus cartas al fin me llevaron por mares escondidos y aventuras amorosas insospechadas. Le abrí mi alma como nunca lo había hecho. Por eso teníamos que conocernos para que todas esas fantasías se realizaran.
La dirección era de una ciudad cercana y al llegar me sorprendió que fuera una residencia, pero ya estaba allí y descubriría la verdad.
Le enseñé la carta a una cuidadora y me sorprendió cuando dijo: Usted es Lucia ¿verdad? Lucas hoy no tiene un buen día, no le va a conocer. De su mente se borran días, semanas y luego vuelve sin acordarse del tiempo perdido. En los días buenos es cuando le escribe las cartas que yo llevo al correo. Es un hombre maravilloso y está muy enamorado de usted.
Tuve que sentarme para no caer. Me llevó hasta Lucas, al verme sonrió pero en sus ojos solo había un vacío insondable. Su aspecto era bueno y no había mentido sobre su edad.
Me quedé toda la tarde, le cogí la mano. Yo hablaba y hablaba de todo el amor que me había entregado en sus maravillosas cartas y que consiguieron despertar en mí algo que creía ya muerto. Sabía que no me entendía pero me daba igual, allí estaba Lucas escuchándome, cogiéndome la mano con una caricia cálida y entrañable
A partir de entonces iba a verlo con mucha frecuencia tanto si me conocía como si no, seguíamos escribiéndonos y juntos volábamos a esos sitios maravillosos que existían en nuestros corazones, cumpliéndose así un verso que me escribió una vez: Afluentes de tus ríos serán mis ríos y, como esas aguas, ya no nos separamos nunca.



21 diciembre 2018

Entre zambombas, espumillones y panderetas, siempre nos quedará el refugio de la Poesía. Gracias a Joaquín Campillo por acercarnos este poema que habla sobre la ciudad, esa que las luces de colores no nos dejan ver durante estos días.



LA CIUDAD, de Luis García Montero
Se hacen de hormigón y de cristal, 
de lugares extraños y gentes ocupadas. 

En todas crece un árbol 
delante de la casa de un suicida 
y hay niños que acostumbran a dormirse 
soñando con un perro. 

No faltan desayunos en hoteles lujosos, 
ni tampoco familias con jardín, 
pero son más frecuentes 
los portales oscuros con pareja de novios, 
el beso frío, 
la rosa de cemento en la ventana.

Las calles desembocan en plazas descompuestas, 
las tardes de domingo en las cafeterías 
y el humo de los coches en los ojos del loco 
que murmura sus años 
y los cuenta sin fin 
de metro en metro. 

Al salir de los túneles sentimos 
que los cielos de agua 
son igual que una carta del pasado, 
y suele comprenderse 
que la vida es un arma lenta y de doble filo 
en los pasos sin nadie, 
en las noches vacías 
o en la debilidad que tienen 
las ciudades por los cines de barrio 
y por las taquilleras muy pintadas. 

A pesar de los plátanos, los olmos y los tilos, 
a pesar de la hierba, si es que hablamos del Norte, 
La gente que nos mira, 
la gente que se salta los semáforos,
la que fluye delante de las tiendas, 
necesita el amparo 
de otra vegetación, 
un sigilo de números y tarjetas de crédito 
que extiende sus raíces por los sótanos
y busca soledad en los desvanes 
como los muebles y las ratas viejas. 

No es inútil viajar, 
porque es cierto que todas las ciudades 
amanecen de un modo parecido, 
pero la noche llega en cada una 
de manera distinta. 

De día pueden verse 
secretarias, conserjes, policías, 
músicos callejeros y soldados, 
dependientas que escuchan y sonríen, 
oficinistas con olor a instancia, 
conductores, extraños sacerdotes, 
ejecutivos humillados.

Igual en todas partes, 
porque apenas existen los kilómetros. 

Pero existe la noche, 
la soledad que borra los oficios 
en un mundo habitado solamente 
por hombres y mujeres, 
confidencias de amarga valentía. 

En las ciudades pueden encontrarse 
relojes que se paran en la última copa, 
la luna sobre un taxi 
y todos los poemas que te escribo. 




20 diciembre 2018

Ya están aquí, ya están aquí. Irremediablemente llegan, año tras año, las maravillosas y poco estresantes Navidades. Afortunadamente, con Literatura todo se lleva mejor. Nuestra amiga Milagros Márquez del Bazar del Centro Cultural nos manda este cuento de Navidad. 


LA ESTRELLA

El valle estaba sumido en sombras, la luna aun no se había alzado tras las montañas y el cielo era un tapiz negro en el que intentaban aflorar tímidas algunas lucecitas.
Me veo de niño asomado a la ventana esperando, como todas las noches, ver mi estrella para irme a dormir.
_ Madre, ¿Por qué no tiene estrella nuestro Belén?
Esa pregunta, año tras año, tenía la misma respuesta.
_Cuando vuelva padre la traerá.
_¿Donde está padre? La guerra a donde dices que se lo llevaron termino hace tiempo. Otros del pueblo han vuelto. ¿Por qué él no?
_ Porque no le dejan. Anda no preguntes más y duerme. Mañana es el último día de escuela y por la tarde pondremos el Belén.
Madre no entendía la Navidad sin el caserío, el rio de plata, los pastores con su pequeño rebaño y la cueva del nacimiento. Hasta en los años más duros, lo había puesto detrás de una vieja cortina, siempre sin estrella.
Yo tenía entonces 7 años y solo recordaba de padre  su áspera mano cuando me acariciaba y lo protegido que me sentía dentro de su abrazo. Pero él volverá, pensaba, con esa certeza que tienen los niños cuando el deseo es más fuerte que la realidad.
Recuerdo las entrañables figuritas de barro, un poco estropeadas, A un caballo le faltaba una pata y madre lo apoyaba en un montón de paja para mantenerlo derecho. Algunos pastores tenían la cabeza o los brazos, pegados con miga de pan mojada en saliva. Un año se me resbaló uno de las manos y madre lo arreglo así .A mí no me parecía que fuera a durar mucho, pero ahí estaba al año siguiente con su miga de pan rodeándole el cuello, como si le doliera la garganta.
Madre decía: No te preocupes hijo, el pastor está bien. No se diferencia mucho de algunos mozos del pueblo cuando volvieron de la guerra. Y en mis labios afloraba la eterna pregunta: Si la guerra termino, ¿Por qué padre  no viene?
Pasaron los años y la vida me llevo por trabajo a una ciudad del sureste español, mirando a un mar siempre azul. Las gentes son abiertas y acogedoras. Me encuentro bien aquí, soy recepcionista en  El gran hotel Mediterráneo, un edificio precioso de estilo modernista, que hace ángulo entre dos calles, como si de la proa de un barco se tratase.
Hoy he vuelto al valle de mi infancia y asomado a la ventana veo los verdes, pardos y marrones con los que se viste en otoño. Resuena aun en mis oídos el sonido del viejo tren, que resollaba como un asmático al subir la cuesta hasta la estación del pueblo, donde descansaba tomando aliento para seguir su camino por otros valles, otros verdes y  otras cuestas, arrastrando con él las ilusiones de los hombres y mujeres que transportaba, soñando con una vida mejor.
Empezaba a caer la noche, el silencio y la oscuridad cubrían el valle con el traje fantasmal de la bruma y las sombras.
Asomado a la ventana recordé aquellas Navidades en las que sentado en mi cama, esperaba que en el negro tapiz del cielo apareciera la luna por detrás de las montañas y se asomaran, tímidas aun, aquellas pequeñas lucecitas para ver la estrella que algún día brillaría en mi Belén.
Pero aquella Noche Buena fue especial, oí ruidos, salte de la cama bajando las escaleras corriendo y lo vi. Vi el Belén completo. Mi estrella estaba en lo alto de la cueva. Padre por fin la había traído. ¿O había sido al revés?
Aun recuerdo aquel abrazo, lo había soñado tantas noches. Recuerdo su olor, su piel áspera y la calidez del refugio de sus brazos. Y hoy sigo igual que aquella noche dando gracias a la estrella por haberme traído a mi padre.