08 febrero 2016

Buena semana, 


Algunos de nuestros amigos del Bazar colaboran con sus letras en revistas como Prometea. Aquí os dejamos el enlace para que podáis disfrutar con todos los contenidos que nos ofrecen:


http://encuentroliterario.wix.com/elact#!prometea/ctzx

Gracias a Joaquín Campillo del Bazar del Centro Cultural por sus cometas.



28 diciembre 2015

Por si no os habéis dado cuenta, estamos en Navidad. Y los relatos de nuestros compañeros del Bazar nos siguen emocionando en estas fechas de vacaciones. Espero que disfrutéis con este cordial dulce y melancólico que nos envía Carmen Mengual, del Bazar de Letras del Centro Cultural:


De nuevo, mis manteles

Hace muchos años escribí un artículo en el que hacía hablar a los manteles. Ellos comentaban, no sólo quienes compartían mesa, sino que temas trataban aquellas personas allí reunidas. Era curioso escuchar todo lo que los manteles de nuestras casas oyen en silencio día tras día. Prudentes y discretos nos conocen como nadie. Ya lo dice el refrán: “En la mesa y en el juego se conoce al caballero” y ellos conocen también a la señora y al niño mal educado y consentido y a la amiga que no lo es tanto y al cuñado y a cada uno de los que nos apoyamos en ellos y decimos cosas que no debemos cuando el alcohol nos vuelve ligera la lengua y más ligera la mente.

Ha pasado mucho tiempo y esta mañana me he sorprendido a mi misma, mientras planchaba  mis blancos manteles de Navidad, como todos los años desde hace cerca de cincuenta años,  hablándoles yo a ellos. ¡Han pasado tantas cosas y hemos vivido tantas y tantas experiencias! Sí, esta mañana he hablado con mis manteles y según los iba alisando y doblando, les iba diciendo ¿y el año próximo, quién os volverá a sacar del cajón inferior de la cómoda? ¿Seguiré yo aquí para repetir el ritual de medio siglo? ¿Estaremos los mismos? ¿Faltará alguien?

Ellos, tan callados y discretos, como siempre, no me han respondido y han vuelto de nuevo a  su lugar de reposo junto con el resto de manteles, tapetes, cubre bandejas y otros elementos que sólo usamos en Navidad, como los chales dorados y las gasas que sirven de decorado al Nacimiento o el mantel de encaje blanco o el rojo de Nochevieja.
Yo soy la única que sabe donde se esconden el resto del año y me surge la duda cada vez que los plancho y los recojo, acabada la Navidad, si no será esta la última vez que lo haga, si la próxima Navidad, otras manos los encontrarán después de rebuscar en diversos lugares, si cubrirán otras mesas, en otras casas distintas, si escucharán otras voces, si se olvidaran de ellos y permanecerán ocultos en el fondo del cajón.

¡Mis blancos manteles, mis manteles que sólo aparecen en los dulces días de cada Diciembre! Ellos conocieron mis primeros años de recién casada, mis inexperiencias, mis faltas de cálculo en las cantidades y en los tiempos que debía tener las gambas al fuego. Mis nervios al poner la mesa para la familia y los invitados, ¡que nada faltara, que todo estuviera perfecto, que no confundiera cubiertos ni copas! ¡Que tiempos aquellos! Llegaron los niños, mancharon mil veces de cremas y zumos, volcaron las copas y ellos, mis blancos manteles callaban discretos. Hubo algunos años, que al poner la mesa, descubría una mancha allí donde el anterior, el vino o la salsa dejó su recuerdo y yo colocaba un cuenco, una fuente o la ensaladera para que al mirar, nadie descubriera que mis albos manteles no estaban perfectos.

En otros momentos, cuando había pequeños en torno a la mesa, se me aconsejaba que pusiera otros de “más batallar” pero nunca quise que en esos encuentros, en la Nochebuena o en La Navidad, quedarán ocultos, dormidos, ajenos a las alegrías de vernos reunidos a todos, unas veces muchos, otras veces pocos, con gente mayor que ya no volvieron, con adolescentes vistiendo sus primeras galas en las noches mágicas de la Navidad.

Al principio, solo tuve un mantel blanco, pero con el tiempo fui necesitando una mesa más y a veces hasta una tercera y fueron llegando los nuevos manteles, pero aquel primero, aquel que estrené hace tantos años, ese tiene el privilegio de cubrir mi mesa primera, mi mesa importante y cubre mis piernas y yo le acaricio al coger la copa porque él me conoce y conoce mi historia y a toda mi gente y por eso, esta mañana, cuando lo planchaba, yo le preguntaba: ¿El próximo año estaremos todos? No me importa nada que seamos más, nos apretaremos, buscaremos sitio, pero menos… ¡No! ¿Pero quien lo sabe?


Mis nobles manteles tampoco lo saben, no tienen respuesta y duermen cubiertos con papel de seda, como siempre, igual, allí en el cajón donde esperan solos, hasta Navidad, como cada año, hasta que Dios quiera.


26 octubre 2015

¿Qué tal un poquito de poesía para empezar la semana? Nuestro amigo Joaquín Campillo Villa del Bazar del Centro Cultural nos sugiere estos versos de Alfonsina Storni (posmodernista, feminista, figura de la poesía latinoamericana).



La inquietud del rosal.
El rosal en su inquieto modo de florecer 
va quemando la savia que alimenta su ser. 
¡Fijaos en las rosas que caen del rosal: 
Tantas son que la planta morirá de este mal! 
El rosal no es adulto y su vida impaciente 
se consume al dar flores precipitadamente.



20 octubre 2015

Buenos días,

¿Se puede hacer Literatura de un atasco típico de domingo y de un adelantamiento peligroso? Carlos Franz sí puede.

http://impresa.lasegunda.com/2015/10/17/A/TQ2PSGOJ


Esperamos que os guste y os haga reflexionar.

05 octubre 2015

Buenas tardes,


Hoy os queremos recomendar el proyecto de Las Sinsombrero que incluye un documental, un libro, una página web y muchas otras ideas para recuperar la memoria y el legado de un grupo de mujeres de la Generación del 27 olvidadas hasta ahora. El próximo viernes 9, a las 21:00 en La 2 de RTVE, se estrenará el documental. Aquí os dejamos el enlace a la página web, para que podáis seguir redescubriéndolas:



21 septiembre 2015

Buenos días,

Hoy os queremos recomendar la última novela de Ángeles Caso. 

En "Todo ese fuego" recrea la vida de las tres hermanas Brontë, mujeres escritoras que escaparon de su destino victoriano gracias a la literatura. Si queréis saber más, aquí tenéis un enlace a una entrevista con la ganadora del Premio Planeta 2009:


http://www.laverdad.es/murcia/culturas/libros/201509/20/hermanas-bronte-supieron-amor-20150919234000-rc.html




06 septiembre 2015

Buena tarde lluviosa,


¡Hemos vuelto! Y lo hacemos compartiendo un precioso artículo de uno de los invitados de La Mar de Letras de este pasado mes de Julio. Carlos Franz escribe así de bonito:


Cóndores
Carlos Franz
Despiertan los cóndores. Amanece en el Cañón del Colca, Perú, y los enormes pájaros se desperezan. Pero no vuelan. Aguardan a que el sol recaliente los desfiladeros creando las corrientes de aire cálido y ascendente sobre las cuales acostumbran planear. El día despunta entre los volcanes nevados, sin embargo la oscuridad en el fondo del abismo parece que no se abrirá nunca. El observador en su apostadero se impacienta. Ha subido de noche, cruzando una puna a más de cinco mil metros de altura, y bajando hasta el borde de uno de los cañones más hondos del planeta. Vino a espiar a los cóndores en su hábitat y ahora estos se hacen esperar.
De pronto abajo, a media altura del precipicio, algo como una laja de piedra negra se mueve, se separa de la pared vertical y parece que va a caer de cabeza al barranco. Justo antes las enormes alas del cóndor, de unos tres metros de largo, se despliegan. Dos aleteos desdeñosos le bastan para montarse en una racha cálida y planear sin esfuerzo. Sobre el río del viento que fluye por el desfiladero el cóndor no vuela sino que navega.
Asomado al borde del cañón para mirar ese portento el espectador siente una peligrosa envidia del ave. Lo tienta arrojarse al abismo con los brazos abiertos para comprobar si el aire lo sostendría. Al fin y a cabo, con las alas abiertas el cóndor es más grande –bastante más– que un ser humano, y sin embargo flota, surca el espacio. 
Parece tan fácil. En sus sueños el observador lo ha hecho muchas veces: volar. Dejarse caer desde alguna altura y deslizarse llevado por las corrientes. Casi ingrávido, pasar sobre los techos y las copas de los árboles, descubrir lo que hay en las azoteas, elevarse sobre la confusión de la ciudad, abandonar su laberinto…
Una pasada rasante del cóndor, casi a su lado, saca al observador de esas ensoñaciones riesgosas. Remontando en espiral las rachas de aire, sin aletear ni una sola vez, el gigantesco animal ha ascendido hasta el borde del Cañón del Colca. Y ahora pasa tan cerca que el espectador puede ver en detalle su cresta roja, su collar albo, las plumas al extremo de sus alas negras, separadas como dedos. Con esa “mano” parece que el cóndor estuviera saludándolo y hasta invitándolo a planear con él.
Otros vieron a ese gran pájaro de manera distinta. En Alturas de Machu Picchu Pablo Neruda imagina una fiera: “Cuando, como una herradura de élitros rojos, el cóndor/ furibundo/ me golpea las sienes en el orden del vuelo/ y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío de las escalinatas diagonales/ no veo a la bestia veloz…”.
Gabriela Mistral reclamó que el cóndor fuera expulsado del escudo de Chile. O siquiera degradado: “menos cóndor y más huemul”, exigió la poeta. El ave carroñera le parecía demasiado agresiva. Prefería el tímido y solitario ciervo de la Patagonia.
Lo de Neruda y Mistral eran licencias poéticas. Los cóndores son tan pacíficos como los huemules. Muy rara vez atacan. A diferencia de águilas o halcones, las garras de este buitre fantástico (Vultur gryphus) no pueden sostener una presa y apenas le sirven para caminar torpemente cuando se posa. El cóndor espera que los animales mueran solos u otros los maten, y entonces devora la carroña. Luego, trota cómicamente para despegar y a veces, si el peso de lo ingerido es mucho, fracasa.
El visitante al borde del Cañón del Colca piensa que todo lo que tienen de grandioso los cóndores en el cielo, lo tienen de ridículo y asqueroso en el suelo. El ave negruzca, de caminar tambaleante, que devora un animal semipodrido, no parece ser la misma que ese majestuoso señor del viento que puede elevarse hasta los siete mil metros y volar cientos de kilómetros sin casi batir las alas.
Pero algo semejante podría decirse del ser humano. Aquel que por las noches sueña con volar como un Ícaro, seguramente lo hace porque se siente torpe y deslucido en su vida sobre el suelo. Los sueños son el vuelo del hombre, se dice el observador. La realidad es la presa medio podrida que acá abajo picoteamos para alimentarnos.
El cóndor gira el timón de su cola, semejante a un abanico, para ascender un poco más en la invisible espiral de aire que va trazando. Al inclinarse el extremo de su ala en forma de dedos se agita, como despidiéndose.