23 febrero 2019

Buen día soleado,
Esta semana hemos disfrutado un año más de las Jornadas Carmen Conde que organiza la Asociación de Mujeres Amanecer de Barrio Peral. Y también del Certamen de Relatos inspirados en los versos de la gran autora cartagenera. La ganadora de esta edición, Milagros Márquez, ha querido compartir con todos nosotros su emotiva narración. Allá van esas cartas:


LAS CARTAS

El amanecer me arrojó a ese duermevela en el que confunden la realidad con los sueños. Había dormido poco. En la soledad de la noche lo había decidido, un año de dudas, vacilaciones… Ayer recibí su última carta en la que me decía la dirección que tantas veces le había rogado. Teníamos que conocernos para saber si era verdad ese amor que se manifestaba romántico, exultante, apasionado, completo.
Todo había comenzado las Navidades pasadas. Cuando recibí su primera carta no sabía si tomarla en serio, ya en la mitad de mi vida había alguien que se interesaba por mí y me pedía amistad, me parecía increíble. Cuando era joven y lo necesitaba no llegó, los pocos candidatos no llenaban las expectativas de mis fantasías, llevándome de la mano por mares escondidos donde descubriríamos el gran secreto de la vida, el amor total de aceptación y de entrega.
Por curiosidad contesté la primera carta, en la que me decía que su nombre era Lucas, de edad próxima a la mía, y su deseo era que mantuviésemos correspondencia como amigos. Lo que más me intrigó fue  que en la era de las redes sociales y otros medios modernos de comunicación, hubiera escogido precisamente ese tan antiguo, Al preguntárselo, meses después, me dijo que allí era donde verdaderamente podía descargar su alma, revelar sus más íntimos deseos y, sobre todo, volver a disfrutar de momentos inolvidables releyendo las mías.
Las cartas llegaban regularmente todas las semanas salvo, y esto era lo más intrigante, cuando desaparecían por un tiempo para volver a iniciar la correspondencia donde se dejó la última vez. Yo preguntaba, pero él no respondía. Con el paso del tiempo las cartas se hicieron más intimas, describiendo situaciones imaginarias de amaneceres juntos en una playa cogidos de la mano en esa hora en que los grises dan paso a la explosión del color. Así veía él nuestra relación, empezó en amistad y surgió un amor profundo, romántico, compartido. Navegaríamos juntos por la vida y sus cartas al fin me llevaron por mares escondidos y aventuras amorosas insospechadas. Le abrí mi alma como nunca lo había hecho. Por eso teníamos que conocernos para que todas esas fantasías se realizaran.
La dirección era de una ciudad cercana y al llegar me sorprendió que fuera una residencia, pero ya estaba allí y descubriría la verdad.
Le enseñé la carta a una cuidadora y me sorprendió cuando dijo: Usted es Lucia ¿verdad? Lucas hoy no tiene un buen día, no le va a conocer. De su mente se borran días, semanas y luego vuelve sin acordarse del tiempo perdido. En los días buenos es cuando le escribe las cartas que yo llevo al correo. Es un hombre maravilloso y está muy enamorado de usted.
Tuve que sentarme para no caer. Me llevó hasta Lucas, al verme sonrió pero en sus ojos solo había un vacío insondable. Su aspecto era bueno y no había mentido sobre su edad.
Me quedé toda la tarde, le cogí la mano. Yo hablaba y hablaba de todo el amor que me había entregado en sus maravillosas cartas y que consiguieron despertar en mí algo que creía ya muerto. Sabía que no me entendía pero me daba igual, allí estaba Lucas escuchándome, cogiéndome la mano con una caricia cálida y entrañable
A partir de entonces iba a verlo con mucha frecuencia tanto si me conocía como si no, seguíamos escribiéndonos y juntos volábamos a esos sitios maravillosos que existían en nuestros corazones, cumpliéndose así un verso que me escribió una vez: Afluentes de tus ríos serán mis ríos y, como esas aguas, ya no nos separamos nunca.



21 diciembre 2018

Entre zambombas, espumillones y panderetas, siempre nos quedará el refugio de la Poesía. Gracias a Joaquín Campillo por acercarnos este poema que habla sobre la ciudad, esa que las luces de colores no nos dejan ver durante estos días.



LA CIUDAD, de Luis García Montero
Se hacen de hormigón y de cristal, 
de lugares extraños y gentes ocupadas. 

En todas crece un árbol 
delante de la casa de un suicida 
y hay niños que acostumbran a dormirse 
soñando con un perro. 

No faltan desayunos en hoteles lujosos, 
ni tampoco familias con jardín, 
pero son más frecuentes 
los portales oscuros con pareja de novios, 
el beso frío, 
la rosa de cemento en la ventana.

Las calles desembocan en plazas descompuestas, 
las tardes de domingo en las cafeterías 
y el humo de los coches en los ojos del loco 
que murmura sus años 
y los cuenta sin fin 
de metro en metro. 

Al salir de los túneles sentimos 
que los cielos de agua 
son igual que una carta del pasado, 
y suele comprenderse 
que la vida es un arma lenta y de doble filo 
en los pasos sin nadie, 
en las noches vacías 
o en la debilidad que tienen 
las ciudades por los cines de barrio 
y por las taquilleras muy pintadas. 

A pesar de los plátanos, los olmos y los tilos, 
a pesar de la hierba, si es que hablamos del Norte, 
La gente que nos mira, 
la gente que se salta los semáforos,
la que fluye delante de las tiendas, 
necesita el amparo 
de otra vegetación, 
un sigilo de números y tarjetas de crédito 
que extiende sus raíces por los sótanos
y busca soledad en los desvanes 
como los muebles y las ratas viejas. 

No es inútil viajar, 
porque es cierto que todas las ciudades 
amanecen de un modo parecido, 
pero la noche llega en cada una 
de manera distinta. 

De día pueden verse 
secretarias, conserjes, policías, 
músicos callejeros y soldados, 
dependientas que escuchan y sonríen, 
oficinistas con olor a instancia, 
conductores, extraños sacerdotes, 
ejecutivos humillados.

Igual en todas partes, 
porque apenas existen los kilómetros. 

Pero existe la noche, 
la soledad que borra los oficios 
en un mundo habitado solamente 
por hombres y mujeres, 
confidencias de amarga valentía. 

En las ciudades pueden encontrarse 
relojes que se paran en la última copa, 
la luna sobre un taxi 
y todos los poemas que te escribo. 




20 diciembre 2018

Ya están aquí, ya están aquí. Irremediablemente llegan, año tras año, las maravillosas y poco estresantes Navidades. Afortunadamente, con Literatura todo se lleva mejor. Nuestra amiga Milagros Márquez del Bazar del Centro Cultural nos manda este cuento de Navidad. 


LA ESTRELLA

El valle estaba sumido en sombras, la luna aun no se había alzado tras las montañas y el cielo era un tapiz negro en el que intentaban aflorar tímidas algunas lucecitas.
Me veo de niño asomado a la ventana esperando, como todas las noches, ver mi estrella para irme a dormir.
_ Madre, ¿Por qué no tiene estrella nuestro Belén?
Esa pregunta, año tras año, tenía la misma respuesta.
_Cuando vuelva padre la traerá.
_¿Donde está padre? La guerra a donde dices que se lo llevaron termino hace tiempo. Otros del pueblo han vuelto. ¿Por qué él no?
_ Porque no le dejan. Anda no preguntes más y duerme. Mañana es el último día de escuela y por la tarde pondremos el Belén.
Madre no entendía la Navidad sin el caserío, el rio de plata, los pastores con su pequeño rebaño y la cueva del nacimiento. Hasta en los años más duros, lo había puesto detrás de una vieja cortina, siempre sin estrella.
Yo tenía entonces 7 años y solo recordaba de padre  su áspera mano cuando me acariciaba y lo protegido que me sentía dentro de su abrazo. Pero él volverá, pensaba, con esa certeza que tienen los niños cuando el deseo es más fuerte que la realidad.
Recuerdo las entrañables figuritas de barro, un poco estropeadas, A un caballo le faltaba una pata y madre lo apoyaba en un montón de paja para mantenerlo derecho. Algunos pastores tenían la cabeza o los brazos, pegados con miga de pan mojada en saliva. Un año se me resbaló uno de las manos y madre lo arreglo así .A mí no me parecía que fuera a durar mucho, pero ahí estaba al año siguiente con su miga de pan rodeándole el cuello, como si le doliera la garganta.
Madre decía: No te preocupes hijo, el pastor está bien. No se diferencia mucho de algunos mozos del pueblo cuando volvieron de la guerra. Y en mis labios afloraba la eterna pregunta: Si la guerra termino, ¿Por qué padre  no viene?
Pasaron los años y la vida me llevo por trabajo a una ciudad del sureste español, mirando a un mar siempre azul. Las gentes son abiertas y acogedoras. Me encuentro bien aquí, soy recepcionista en  El gran hotel Mediterráneo, un edificio precioso de estilo modernista, que hace ángulo entre dos calles, como si de la proa de un barco se tratase.
Hoy he vuelto al valle de mi infancia y asomado a la ventana veo los verdes, pardos y marrones con los que se viste en otoño. Resuena aun en mis oídos el sonido del viejo tren, que resollaba como un asmático al subir la cuesta hasta la estación del pueblo, donde descansaba tomando aliento para seguir su camino por otros valles, otros verdes y  otras cuestas, arrastrando con él las ilusiones de los hombres y mujeres que transportaba, soñando con una vida mejor.
Empezaba a caer la noche, el silencio y la oscuridad cubrían el valle con el traje fantasmal de la bruma y las sombras.
Asomado a la ventana recordé aquellas Navidades en las que sentado en mi cama, esperaba que en el negro tapiz del cielo apareciera la luna por detrás de las montañas y se asomaran, tímidas aun, aquellas pequeñas lucecitas para ver la estrella que algún día brillaría en mi Belén.
Pero aquella Noche Buena fue especial, oí ruidos, salte de la cama bajando las escaleras corriendo y lo vi. Vi el Belén completo. Mi estrella estaba en lo alto de la cueva. Padre por fin la había traído. ¿O había sido al revés?
Aun recuerdo aquel abrazo, lo había soñado tantas noches. Recuerdo su olor, su piel áspera y la calidez del refugio de sus brazos. Y hoy sigo igual que aquella noche dando gracias a la estrella por haberme traído a mi padre.




09 diciembre 2018

Buenas tardes,

Estamos apenados porque se acaba el puente así que buscaremos refugio en la Literatura. Hoy compartimos con vosotros este relato de Joaquín Campillo, del Bazar de Letras del Centro Cultural, inspirado por el maravilloso cartel del Premio Mandarache 2019. Esperamos que os guste:



MARINA Y EL UNICORNIO

            Menos mal que amanece. ¡Qué noche he pasado! Tengo la boca seca y me cuesta abrir los ojos. La cabeza me pesa como una roca. Pero... ¿¡Qué es eso!? ¿¡Esa silueta que se aprecia en la pared de enfrente...!? ¿Parece...? No... ¡Sí, es un unicornio! ¡Su cuerpo se asemeja al de un caballo moteado en negro! ¡Pero... las manchas... son letras! ¡¿Qué me sucede?! ¡¿Quién ha dibujado eso en la pared?!
            —Marina, no te cuestiones más. Estoy aquí y basta.
            —¡Me habla! ¡No puede ser!
            —Mujer escucha: vengo a decirte que debes ayudarme. En este castillo, donde habitas, han sido ocupados sus terrenos adyacentes. Invadidos, sí, por unas extrañas torres metálicas, negras; producen un hedor que ahoga los naturales aromas del sotobosque. Algún malvado hechicero, enemigo vuestro, las puso aquí. Pretende algo, y no bueno. Dicen que extraen un líquido negro, denso, apestoso, con lo que andan unas máquinas, auto..., automóviles, creo que les llaman.
            —¿Y qué puedo hacer para ayudarte, unicornio? Agradezco tu desvelo por mi hogar, pero no veo la forma de luchar contra esa fuerza mágica.
            —Te lo explico: Yo tengo un poder en mi cuerno, que todos desean, con él puedo destruir y construir, alternativamente; o sea, sirve para lo bueno y lo malo.  Mi estrategia nos llevará a conseguir nuestro fin. Tú montas sobre mí y te diriges al alimentador de letras que hay en las proximidades. Allí conecta la manguera a mi boca, y dirás ¿para qué?, para renovar mis fuerzas, mi carga, ¿no has visto cómo se transparentan en mi cuerpo esas manchas negras?; las letras tienen mucho poder.  Una vez hecho esto, atacaremos esa amalgama de hierros negros. Sobre mi lomo podrás, con las riendas, dirigir la ofensiva. Yo dispararé, a través del cuerno, letras negras, éstas, como proyectiles, derribarán esa diabólica construcción que invade tus tierras y el valle.
Debes proteger tu cuerpo para la lucha; saltará de todo, cuando las palabras impacten. Un yelmo te vendría bien.
            —No te preocupes tengo un casco de moto y gafas, aquí; ¿sabes?, yo monto en moto, ¿no sé si las conoces? Pero esto, fue después de aprender a cabalgar con los de tu especie. Me pondré también el vestido rojo de mis antepasadas abuelas, es largo y de paño fuerte; además, bajo él, protegeré mi pecho con un coleto de piel de búfalo. Lo llevaron mis abuelos cuando practicaban esgrima. La mochila, cargada de libros, en mi espalda también servirá de protección.
            —Debes estar atenta al vuelo de los estorninos, ellos formarán en el cielo frases, mensajes, y así nos darán sus estratégicos consejos para nuestra acción, que debe ser rápida. En este valle todo está cambiando: el verde de la floresta se convierte en amarillo y marrón, las plantas se mueren; los animales emigran por falta de alimento; ya no hay cultivos; las aguas del río se han ennegrecido. Por todo eso, los épicos unicornios de las narraciones, nos hemos unido para defender, de este monstruo destructor, a la naturaleza del entorno. Debes saber que en este lugar vivió un antepasado tuyo, hace mucho tiempo. Vino de un lejano país y aquí se dedicó a escribir; fue él quien nos creó, en una historia muy bella de una dama y un unicornio. Luego, las tejedoras, nos representaban en los tapices; en tu castillo hay uno, de él he salido yo.
—Pues entonces, ya estoy vestida y preparada. Espera que monte. Cumpliré con lo que me solicitas. Vamos a recargar tus fuerzas y después... ¡A la lucha! ¡Destruiremos a ese engendro, devorador de la naturaleza! ¡Vamos!
           
            Los gritos retumban en el pasillo. Una luz roja se encendió en el tablero del control. La puerta de la habitación se abre con urgencia. Una enfermera, que porta una jeringuilla, y un celador, que tiene los brazos como columnas, entran. Marina está sola sobre el lecho, de rodillas. Tiene la sábana atada, por sus extremos, al piecero de la cama. Al verlos entrar dice:
—¡Ah, mis fieles servidores! La buena doncella Marta y el forzudo don Julián acuden en mi auxilio.
            Cuando la jeringuilla transfunde el amarillento líquido, a través del frío metal de la aguja, que penetra en la azulada vena, es cuando cesan los gritos; y la voz de Marina es comparable a un balbuceo: "Unicornio, unicornio, vamos a vencer".

21/11/2018
Joaquín Campillo Villa






27 noviembre 2018

¡Hoy el día nos está pidiendo Literatura a gritos! Afortunadamente nuestra amiga Pilar Galindo nos mandó hace unos días este relato que queremos compartir con todos vosotros porque sabemos que os va a gustar.


Tallado de papel. Enero 2018
El Surco
El espectáculo me produjo una triste sensación de vacío. Para qué esa algarabía hueca, para qué las flores y los cirios. No era más que el apolillado ropaje de la muerte. Bien es cierto que la abuela Úrsula tenia noventa y tres años, que desde hacía semanas vivía unida a cables y sueros, que su presencia en este mundo resultaba ya inútil y cansina. Por eso cada uno de los recién llegados, al saludar a unos deudos escasamente tristes, hacía el mismo comentario
–Ya descansó, pobre, lo que ella tenía no era vida, sino mal morir-
Y el aspaviento, con la mano en el pecho –vamos, yo no querría llegar a eso. Luego, se acercaba otra persona a acompañar a la familia en su duelo, a repetir la paz que la muerte habría traído a la difunta y así desplazaba al anterior, que podía marcharse a engrosar los corrillos en los que se prendían cigarros y se hablaba del tiempo y la cosecha.
A mi me interesaron, sin embargo, esos tres que, refugiados en el extremo de la sala y juntas las cabezas, siseaban sin cesar mientras dirigían en derredor miradas cautas, para asegurarse de no ser oídos. Los maridos de las hijas, las herederas de la tierra. Cuando mi madre abandonó la finca, se vieron ya en posesión de las vides. Pero Úrsula tardó tanto en morirse... en la espera habían envejecido.
Yo no soy aquí más que un mandado, alguien que desempaña su papel de ser visto para cumplir con lo establecido, para dejar en buen lugar a la familia. Mi madre me lo pidió tímidamente —-sólo tienes que hacerte ver, Marcos, les das la mano y desapareces— Casi lloraba al decirlo y yo sabía que sus lágrimas no eran por la difunta. Así que, en vez de poner excusas o negarme directamente, dije que sí, que iría. Mi madre guardaba profundas heridas en el alma, rencores que tal vez morirían con ella. Había tenido la delicadeza de no hacerme partícipe de los agravios que esas gentes le habían causado, para no malquistarme con nadie, decía. No obstante, si supe siempre que era ella, la muerta, quien le había amargado la vida a mi madre. Úrsula, mi abuela paterna.
Doy un par de vueltas por la sala abarrotada y nadie se me acerca; no es extraño, el último contacto que tuve con el pueblo, se remonta a veinte años atrás. No es fácil reconocer en mí al niño rubio y tímido que abandonó la hacienda para ir a vivir a la ciudad. A la abuela y las tías sí las he visitado alguna vez, siempre en fechas señaladas y solo para contentar a mi madre. Antes de acercarme al duelo, me quedo un momento observando a distancia el grupo de los deudos, en el que debería ingresar como nieto de la difunta. En primer lugar, Dolores, Ángeles y Angustias, mis tías: enlutadas y viejas, altas y flacas, con la barbilla cuadrada de su madre, la nariz afilada y los ojos sumisos a fuerza de bajarlos ante la autoridad materna. Mujeres tristes, resentidas con su vida, pero incapaces de cambiarla. Mamá siempre decía que yo era igual a mi padre y él, igual al abuelo Agapito. Y me mostraba álbumes de fotos en que aparecía un hombre achaparrado que sonreía bajo un sombrero de paja y daba la mano al hijo, mi padre, a quien según todos dicen, tanto me parezco.
— Mujeres, nada más que mujeres— eso decía Úrsula para quejarse de que sus hijas sólo hubieran parido hembras, ella, al menos tuvo un varón y para agravio y celos de toda la familia, mi madre, que era una extraña, me había engendrado a mí. Yo, Marcos Villanueva, él único hombre en la familia. Porque los yernos, los que en el extremo de la sala juntaban sus cabezas para conspirar, esos no cuentan — No llevan la sangre de los Villanueva San Leandro— De ahí la insistencia de la abuela en que yo viniera a vivir aquí.
— Solo los que conocen las cepas, tienen derecho a su sangre. Debes curtirte en los viñedos, Marcos, las uvas son nuestra vida, su jugo fortalece nuestros huesos desde hace generaciones— Eso decía la abuela con ocasión y sin ella.
Cuando mi padre murió, mi madre no quiso ni pensar en quedarse en la finca y, menos aún, dejarme aquí, como le exigía la abuela.
Dos hombres entran portando unos ramos de flores, abren las cortinas para colocarlos junto al ataúd. Por un momento, cesan los murmullos. En ese silencio intruso se oye claramente una voz
— ¿Accidente? Se quitó la vida por su propia mano.
La voz indiscreta muere ahogada por una oleada de susurros y bisbiseos.
Me quedo inmóvil, miro el grupo de los yernos, de donde salió esa terrible revelación. Un portillo se abre en mi alma y por ahí entran los gritos y llantos de mamá, las voces urgentes de los hombres, ese rostro de hielo y cal que me hicieron besar —Despídete de tu padre— Las flores derramadas en el surco de donde lo levantaron con la garganta abierta —la escopeta, se le ha disparado— El eco de esas palabras despavoridas recorrió los pasillos, los cuartos, la cocina, las cuadras --—se le ha disparado, disparado…
Salgo de la sala abriéndome paso a codazos y corro campo a través, en dirección a la casona.
Ahí está, hecha un guruño junto al fuego, buscando calor para sus huesos tan viejos. Ella crió a mis tías y a mi padre y también se ocupó de mí, mientras vivimos en la finca. Al oírme llamarla rebulle y abre los ojos,
—Marcos, hijo, pero eres tú, cuánto me alegro de verte…
Pero no le doy tiempo, me acuclillo delante de ella, le cojo las manos secas y heladas, la miro a los ojos.
—Qué le pasó a mi padre, Tata, cuéntamelo
La viejita me abraza, solloza contra mi hombro, mueve la cabeza aceptando lo irremediable. Luego dice:
—Tú padre no pudo resistir la presión de su mujer y de su madre, que lo llamaban cada una a su bando. Los tirones lo desgarraron. Tu madre quería ir a vivir a la ciudad, donde tenía su plaza de maestra, Ursula lo urgía —Tienes que vivir aquí, en la finca, cuidando de lo tuyo—
Cuando tu abuela vio que perdía el pulso, se enfureció y le soltó en su cara. —Anda, síguela, igual que los perros siguen a la hembra, pegados a su trasero—
Tu padre no era fuerte. No tuvo valor para acompañar a tu madre, dejó que se fuera sola y al amanecer, después de cantar el gallo…
—Esa es la verdad hijo, que Dios lo haya perdonado.
La Tata me grita cuando ya estoy fuera...
—Marcos, Marcos…escucha, al final ha querido arreglarlo. Todo es para ti, muchacho, todo…Ellas no lo saben aún, pero la vieja Tata lo sabe.
Voy a los viñedos, busco el surco donde mi padre se abrió la garganta con un cuchillo de pólvora, me lleno la mano con esa tierra fértil y maldita, la dejo escurrir entre mis dedos y escucho el latido de mi sangre. Veo las caras desencajadas de mis tías, el triunfo final de Ursula, entregando su herencia a un hombre de su sangre
–El hijo de mi hijo. Ni para parir un varón habéis servido.
No te preocupes, papá, me iré de aquí, haré lo que tú hubieras querido hacer. Seré libre por ti, papá. La abuela, desde la otra orilla, no podrá evitar que sus hijas se destrocen por las malditas uvas.
Epílogo
¿Quién nos dirá de quién,
en esta casa, sin saberlo,
nos hemos despedido?


Jorge Luis Borges

16 noviembre 2018

"Los desobedientes hacen avanzar el mundo", dice Manuel  Rivas en una reciente entrevista.



Y estamos de acuerdo. Pero en el Bazar de Letras, además de reflexionar al respecto, hemos usado esa sentencia para crear relatos tan interesantes como este que Milagros Márquez quiere compartir con todos nosotros:


LOS DESOBEDIENTES HACEN AVANZAR EL MUNDO

No creí nunca, ni en mis peores pesadillas, que llegaría a esta terrible situación.
No puedo dar marcha atrás y redimirme de los pecados que durante años, inconscientemente, he cometido.
Siempre he respetado las reglas, he sido fiel a los principios que me habían inculcado de pequeño: obedecer y no destacar en el grupo. “El que obedece nunca yerra” Ese era uno de los lemas preferidos para adocenarnos sin que nos diéramos cuenta.
Los cursillos anuales de la empresa, también iban en ese sentido. El cooperativismo, el grupo, en definitiva, la empresa lo primero. Al cliente mínima información, pero bien envuelta en papel de regalo.
Pasaron años en los que me sentía orgulloso de mi trabajo, era bueno, muy bueno, ahora me doy cuenta, en engañar, en hacer ver lo blanco negro, sin perder esa bonita sonrisa que practicaba todos los días al afeitarme. Pero aun así, procuraba no salirme de la media, como me habían enseñado. La empresa lo primero.
Llegaron los años negros en los que yo seguía obedeciendo, sin darme cuenta aun, de todo el mal que hacía. Pero cuando les tocó perderlo todo a mis amigos, a los clientes que habían confiado en mí, creí volverme loco. Al mirar atrás, vi en mi camino  personas arruinadas, desesperadas. Yo les ofrecí, yo les anime, confiaban en mí y ahora todo eran desahucios, miseria y suicidios, en los que también tenía un tanto por ciento de culpa.
Fue un tiempo de desesperación, de no poder salir a la calle sin encontrarme con la mirada fría y acusadora del que antes fuera un buen amigo.
Ya no puedo más Esta mañana me he vestido con mi mejor traje para ir a la empresa. Pero el coche iba dirigido por mi conciencia, no por mi voluntad. Y aquí estoy solo, en esta playa, en este amanecer gris y negro como mi alma. Entro en estas aguas oscuras para redimirme y limpiar todo el mal que he hecho. Siento una gran desesperación y una profunda tristeza. No volveré a salir. Seré otro desgraciado más que no pudo soportar la carga de los pecados  que muchas veces conlleva la obediencia ciega. Nunca me pare a pensar si lo que hacía estaba bien o mal. No tuve una conciencia individual.
Espero y confío, que las futuras generaciones, sepan sacudirse las cadenas  de esa  maldita obediencia sin razones  y así el mundo podrá seguir avanzando.


MILAGROS MÁRQUEZ  Noviembre 2018



13 noviembre 2018

 ¿Estás preparado para hacer unas oposiciones sin faltas de ortografía? 


Hoy queremos compartir con vosotros este test para repasar ortografía. ¡A ver cómo se os da!

Y en caso de error, no os preocupéis porque cada pregunta del test lleva su explicación.

¡Ánimo!