20 abril 2023

¡Buenos días! Estamos en la que probablemente es la semana más literaria del año y no queremos dejar de disfrutar con novelas, poemas, greguerías, dramas y thrillers... Allá va un microrrelato que Milagros Márquez, del Bazar de Letras del Centro Cultural, quiere compartir con nosotras. 



EL TIEMPO


El sueño me ignora esta noche. Mañana es mi cumpleaños, pero eso no es la causa, los rituales me tienen ya sin cuidado. Es el reloj que hay sobre la mesilla, por la noche lo miro para controlar el tiempo, pero esta noche no puedo ¿Quién lo ha corrido detrás de la lámpara?

El tiempo me ayuda a controlarlo todo, cada hora, cada minuto…El andar de las agujas me fascina, ese segundo que antes de hacerse realidad ya ha pasado.

Querida amiga, he sido yo, el tiempo, cada segundo lo deslizaba un poco. Te he mirado durante años desde ese reloj, cuando volvías tu hermosa cabeza hacia mí y que, como todo lo que toco, se ha ido transformando en un pobre reflejo de lo que fue.

No quiero ver tu rostro con las primeras luces de ese amanecer en el que ya no habrá cumpleaños.




16 noviembre 2022

¡Buenos días! En esta otoñal mañana (¡por fin!) queremos compartir con vosotras el relato creado por Marina Escudero Camarena, nueva compañera del Bazar de Letras de La Palma. Disfrutad de la sencillez hecha belleza:



"Mi último regalo”



 Durante toda una vida soñé con hacer el mejor de los regalos a alguien especial, alguien que no pudiera sostener las lágrimas de emoción al recibirlo. Me esforcé y me dejé el alma, el cuerpo y el corazón en hallar a esa persona tan merecedora de mi obsequio.

 Para mí, era una necesidad imperiosa compartir aquello tan preciado con quien fuera merecedor de ello. Incluso aunque le quedara grande, yo me sentía feliz de dar un poquito de ese regalo fuera quien fuese el destinatario.

 Tras sentir la tristeza de menospreciar mi regalo con quien no lo valoró, el exceso de emoción por sentirlo crecer en mi interior y el anhelo de no encontrar a esa persona merecedora, lo entendí todo.

 Mi regalo fue, es y será el de sentir amor y sentirse amado. Entendí que jamás estaría del todo satisfecha al darlo si sentía que me quedaría vacía, drenada consentidamente. Recordé que jamás me había regalado absolutamente nada a mí misma.

 Y por fin, tras tantísimo dolor, incertidumbre y desasosiego, me elegí como remitente y destinatario. Elegí darle uso a esas toneladas de amor que guardaba y regalaba aleatoriamente para disfrutarlo con todo mi cuerpo, mente y corazón.

 Mi último regalo, me lo di a mí misma. Desde entonces, entendí el valor de mi vida, amé y valoré mi existencia. Me bañé en mi propio lago de valía, cariño y cuidado. Y me lo agradecí, como nadie hizo jamás.


Marina Escudero Camarena
Bazar de Letras de La Palma


25 octubre 2022

 ¡Buenos días! ¿Qué tal estáis? Seguro que bien gracias a las Letras. Hoy queremos compartir con vosotras el relato ganador en el IV Certamen de Cartagineses y Romanos, escrito por Milagros Márquez del Bazar de Letras del Centro Cultural. ¡Esperamos que os guste!


GLADIUS HISPANIENSE


Soy un instrumento para matar aunque el que me porta en la mano es el que dirige mis actos, espada corta llamada gladio que se lleva en bandolera sobre el costado derecho.

Al contarles mi historia encontraran en ella momentos, situaciones de la segunda guerra de Roma con Cartago en la que tuve el honor de intervenir hasta llegar a la ciudad de Cartago Nova en cuyo museo me encuentro hace ya muchos años.

Les voy a hablar con palabras de hoy que he ido aprendiendo de los visitantes pues no he oído hablar a ninguno en latín, no ya el culto, si no el de las legiones que fue  nuestra herencia a los países conquistados.

La verdad es que soy una copia de otra más antigua de punta roma que usaban las tribus de la antigua Hispania, con el tiempo fue cambiando hasta convertirse  en una espada más ancha de doble filo y punta triangular llamada Gladio Hispaniense.



Cesar en la Galia, fue el primero que se dio cuenta de esta magnífica arma y equipó a las legiones con ella. También se uso cuando en Hispania lucharon contra los infantes de Aníbal, estos la habían hecho suya hacia tiempo. Paraban los ataques de una espada más larga con el escudo y con la gladio en la otra mano pinchaban. Solo necesitaban dos movimientos adelante y atrás. Fuimos un gran avance para las tropas de infantería y las que más muertes causamos en ese periodo.

Salí de la forja en un lugar agradable cerca de Roma, allí habían instalado muchos hornos para que la producción fuese masiva ya que los rumores de una nueva guerra  con Cartago se extendían por todos los rincones del imperio.

No lejos había bosquecillos, riachuelos, se sentía paz. Los pájaros acompañaban y dulcificaban un poco los ensordecedores golpes del martillo contra el hierro al rojo.

A un grupo numeroso nos llevaron a un campo de entrenamiento para gladiadores. Ellos son expertos en saber si un arma está lista o hay que mejorarla. Pasamos allí un tiempo. ¡Como relucía! Buenos filos por ambos lados, buena punta pero sobre todo el puño distinto de todos los demás, de nácar con el águila de Roma tallada. Eso significaba un mejor destino para mí, seria para algún centurión o más importante aún, me hice ilusiones de que luciría en el costado de Escipión, pero no llegue tan alto.

Nos guardaban en unos almacenes bien custodiados, pero como en toda vigilancia hay fallos, en este caso consistió en unas cuantas monedas. Una noche nos trasladaron a un grupo en un carro tapado con sacos y con mucho misterio, pero los ladrones no ataron bien los bultos con las prisas y algunos caímos por los caminos. Ahí quedé yo sobre el polvo y pisoteado por animales y humanos que pasaban. Uno de ellos se fijó en mí al sortear una boñiga del carro que iba delante.

¡No se lo podía creer! Para un pobre carretero yo era todo un tesoro, me escondió entre los pliegues de su pobre manto hasta llegar a una posada ¡Que bajo caí en esa época!¡Fue una de las peores de mi vida! Servía de moneda de cambio en las mesas de dados y así fui rodando con mi puño tallado en marfil y mi águila. Todos querían ganar algo conmigo y deshacerse de mí cuanto antes. Era una compañera de viaje muy comprometedora.

Ese tiempo acabó cuando un mozo grande, alto y recio pero con pocas entendederas que me llevaba en su costado como un triunfo ganado en la mesa de juego, tuvo que salir huyendo después de un fallido lance amoroso y se alistó en las legiones que iban a luchar en Hispania al mando del general Escipión, un experto usando la gladio.

Llegamos a una ciudad grande llamada Tarraco, amiga de Roma. La escusa para atacar Hispania era defender o vengar, si ya no había remedio, a Sagunto otra ciudad amiga de Roma atacada por Cartago, que estaba situada más abajo del rio Iber, frontera que los cartagineses no debían haber cruzado.

Por estos territorios me inicié en la lucha, allí perdí mi “virginidad “penetrando con saña en el costado de un hombre.

Superamos Sagunto y emprendimos marchas agotadoras  para llegar a Cartago Nova, principal posesión cartaginesa, ahora desguarnecida por la marcha de Aníbal a Roma.

Era molesto el golpe acompasado que daba en la pierna del legionario, pero más tenía que serlo para él.

Una noche alrededor del fuego, llamé la atención de un legatus, me cogió y después de observarme largo rato llego a la conclusión de que había sido robada, mi dueño tuvo que defenderse mucho y bien pues solo recibió una paliza y cambiar de gladio. Esa noche pasé al costado del legatus. No lucia igual, por mucho brillo que me sacaran los esclavos porque mi nuevo amo era bajo, rechoncho y con poco aire marcial, pero yo había ascendido de categoría.

Mi legión fue llamada por Cayo Lelio, que mandaba la flota romana, para integrarse en las que iban a atacar Cartago Nova por la parte más difícil, la muralla.

El ataque estaba muy bien planeado para distraer la atención de las puertas traseras que daban a una laguna de poca profundidad y bastante desguarnecida. Fue una verdadera carnicería, esas muralla eran casi inexpugnables.

Mi legatus no era muy ágil, cayó en el primer asalto y yo con él. Entre todo el tumulto de hombres y armas que iban cayendo quedé enterrada en la arena.

Siglos después me encontraron sucia y oxidada. Con mucho cariño y dedicación me restauraron devolviéndome, casi, el esplendor de mis primeros días. Desde entonces estoy aquí, en el museo contenta y feliz porque esta ciudad, verdaderamente valora el legado de roma. ¡Que así sea por muchos siglos!

 


 

 

 


18 octubre 2022

 ¡Qué alegrías nos dan nuestras amigas del Bazar de Letras! M. Dolores Hernández quiere compartir con todos nosotros su relato premiado con el accésit en la IV Edición del Certamen de Relatos de Cartagineses y Romanos. Esperamos que lo disfrutéis.




La muerte del Almirante Himilcón


Yo, una simple ama de casa, pero digna trabajadora en el silencio de un hogar sin ningún reconocimiento por tan agotadora labor, ni tan siquiera una pequeña pensión por tantos años trascurridos y que nuestro retiro sea cuando la energía de nuestra vida nos deja en manos de la muerte…pero dicen, que es nuestro sistema. Ahora eso no quita que entre tantos quehaceres encuentre algo de tiempo para adquirir cierta cultura, dejándome llevar para saber algo de la historia de Cartagena.

Desde que empezaron a celebrarse las fiestas de cartagineses y romanos, he sentido cierta inquietud para saber algo más de las luces y las sombras de esa llamada Guerra Púnica, que tuvo lugar en la antigua ciudad de Kartadas.

 Me adentro en ese enigma y me pongo a buscar en los libros aquél acontecimiento, busco en las estanterías de la biblioteca y los veo cubiertos por el polvo de los años, en ellos está la respuesta y por si alguien me quiere escuchar pongo mi granito de arena y me dispongo a revivirla. Acontece un viernes de un remoto mes de septiembre, cuando el reloj de la vida del almirante Himilcón queda parado en la hora fija de su muerte.

Cede su fuerza el calor compulsivo del verano, lentamente paso a paso el otoño se aproxima, el cielo saturado de luz se resquebraja en el horizonte, el sol encendido todavía con un color anaranjado repliega sus rayos por el mundo con cierta timidez, hasta el atardecer derrama su luz demorada cubierta de tristeza y se desploma sobre el cálido y bello Mare Nostrum, la Luna se viste de gala y esplendor y está jugando con un pequeño jirón de nube. La brisa levantina otorga su fresca y salada delgadez, más una bruma lechosa cargada de humedad se cierne suavemente penetrando hasta el fondo marino no dejando ver con nitidez. 

Esta blanda monotonía oculta el avance de las naves cartaginesas que entre vaivenes silenciosos se acercan a la costa, el palpitar de sus corazones se oyen en sintonía con el avance de los remos, más esa niebla da tregua al sopor del día.

¡Hay almirante! permaneces sobre la proa creyendo sentir a la diosa Tanít cabalgando sobre las espumas del oleaje y le pides su clemencia, que escancie su copa sobre tu espíritu y en su misericordia te unja con un rayo de luz y el aire de su vuelo, te conceda la victoria. Ese sentir aviva tu coraje por defender hasta la muerte a la ciudad de la invasión de los romanos. Pero, tú, cómo vas a saber que este día al atardecer quedaran esparcidas las cenizas de tus naves por cualquier espuma que acaricia al mar.


Por fin llega el ansiado momento, te has vestido con el duro metal de guerra, mientras tus naves avanzan hacia el puerto arribando en plena batalla. Tú y tus marinos ya formáis parte de esta angustia y desolación, os movéis entre el caos sobre intensas nubes de humo, no te das cuenta que pisas los restos de los cuerpos destrozados, pero el enemigo avanza hacia los cartagineses rodeando a todos tus marinos que se cruzan entre sus espadas, luchar es una aventura de alto riesgo que te lleva a adentrarse en el juego de la vida o de la muerte y un fallo puede abrir caminos o cerrarlos.

Los centuriones atacan, asedian al ritmo frenético de sus gritos, ofreces resistencia, arremetes contra todos con todas tus fuerzas, atacas, te defiendes, tu espada atraviesa al perdedor mientras la tierra ve saciada su apetencia bebiendo la sangre del cuerpo destrozado, desaparecen entidades, los soldados ruedan por los suelos y las naves cartaginesas yacen perdiéndose en el vaivén de la marejada, mientras la arena del fondo adsorbe sin cesar los restos con su húmedo silencio, los romanos sabiéndose un ejército de mil frentes acometen contra todo aquel que se atreven a subirse a las murallas, los bravíos marinos caen a plomo acabando sus vidas en el suelo, en esta tarde que empieza a adelgazarse.

 De Kart-Hadast ha quedado solo el recuerdo, son miles de muertos engarzados en una noche vestida de luto que rasga el velo de las ansias que abrigaban por defender el emporio del enemigo, aún, así, la dignidad de los que sobreviven permanece incólume en su ánimo ya desgastado por tantas horas de fatiga bajo la Luna macilenta que alumbra el ir y venir de las parcas que se ciernen sobre los fallecidos como una estela, mientras la tristeza del viento vuela sobre la batalla mezclada de podredumbre y barro. 

Himilcón, tras varias horas de lucha sin descanso continuas, pero tu ímpetu va cediendo, asediado con tan duros avatares vuelves a suplicar a tu diosa, mientras esa plegaria no acontece sigues enarbolando tu espada contra el enemigo y consigues mantenerte con vida, pero después un legionario romano aprovecha un instante de flaqueza y te asesta un golpe seco en la garganta, de ella mana un rio de sangre y el tiempo de su fluir pone punto final a tu coraje y valentía.

El eco angustiado de tus marinos retumban dentro de tus oídos, apenas ves sus cuerpos arañando la tierra y barrerlas con su boca, tus ojos se cierran y asumes por fin que fuiste uno más que bebió el cáliz del fracaso y sigues con tu convencimiento de que los héroes derrotados no agradan a los dioses.

 En fin, el que en vano lucho por defender una causa justa, su vida entrego al feudo de la muerte. Ahora esa funesta tarde desaparece entre mis ojos cierro el libro de la historia y lo vuelvo a poner en su sitio, haciéndole espacio en los brazos del archivo de la cultura, y yo me pregunto ¿A dónde van los héroes después de su muerte sin la fuerza de su espada? 


Septiembre va plegando sus alas abrasadoras

Las naves avanzan con sus velas y en silencio

La noche corre el telón del escenario del universo

¡Allí! El caluroso verano se resiste a dejarnos

El Mare Nostrum plácido duerme

Las estrellas abren guiñando sus ojos

Observan el fuego sagrado renacer de sus cenizas

Portan la antorcha, dioses, tropas y legiones

Desfilan dando colorido a la ciudad

La chiquillería cartagenera grita

¡Ya vienen los cartagineses y romanos!

Y en sus pequeñas manos llevan

Las preciadas monedas de oro.


Gracias por escuchar y leer la historia de otra manera diferente, pero que por desgracia sucedió, ahora no pondré la frase que siempre se pone al final, porque si Dios quiere, volveré el año que viene con otra versión distinta, con otro fascinante personaje, quizás le de vida a un famoso romano de las fiestas de cartagineses y romanos, ¿Quién sabe?



Mª Dolores Hernández Martínez

Premiado con el accésit en cartagineses y romanos 2022



21 junio 2022

 Y la vida nos volvió a unir... queridos amigos, hemos estado alejadas de este espacio durante un tiempo. Hoy queremos compartir con vosotros los versos de M. Dolores Hernández. Versos que nos ayudan a digerir el dolor que sentimos por el ecocidio del Mar Menor.






Réquiem por el Mar Menor


Tiene el cabello blanco
como nieve que huye del cielo,
que se precipita sobre la tierra
y al despertar el alba se ve iluminada
de maternal belleza.
Tiene las manos encallecidas,
tan ásperas del salitre, tan rugosas,
que ya no volverán a sentir
la suave y fresca caricia de su mar
cuando la brisa soplaba de Levante.
Bajo un apocalipsis del sol al atardecer,
al replegarse la luz con cierta timidez, 
irrumpía la noche vestida de luto
que inundaba la tierra con su profunda laguna.
Bajo el tímido palio que asomaba de la Luna
mi abuelo ponía rumbo
mar adentro con su barca
adornada con crestas de blancura,
entre un cielo dormido y cuajado de guiños
que le hacían las estrellas.
Pero otras noches el cielo se oía bramar de cólera,
junto a los horrísonos jirones de la tormenta
alardeaba de su fuerza,
abría sus venas resplandecientes
para caer en los brazos de la tierra.


Bajo la mórbida luz de las lámparas
el abuelo resistía los embates de la marea,
mientras el Mar Menor regalaba los frutos de su vientre
llenando las arcanas redes de su barca,
colmando así las ansias del abuelo.
Al extinguirse la noche regresaba
estimulando la vela para desandar el camino,
para varar la barca en la arena de la playa
de esa laguna que brillaba como un diamante
cuando el sol derramaba sobre ella sus flechas del amor.
Ahora ese mar ya no es azul
los niños ya no juegan en la arena
está enfermo, le falta el oxígeno, los peces mueren,
su habitad han envenenado.
Callad, guardad silencio, mi abuelo se ha dormido;
él, vive ahora en un mundo sin memoria
mejor, nunca sabrá que las aguas de su Mar Menor    
depredadores humanos las volvieron estériles.  


Mª Dolores Hernández Martínez





11 febrero 2021

 ¡Hola, amigos del Bazar! Aquí seguimos, alrededor de la hoguera de las Letras que nos calienta las manos y el ansia de seguir aprendiendo, que nos da energía para vivir estos tiempos extraños refugiados en la Literatura. La creatividad de los Bazares continúa a pesar de la distancia física, no hay nada que un buen relato no pueda compensar. Hoy comparten sus narraciones con nosotras Inmaculada Villalain (Bazar de Barrio Peral), Mª Carmen Meroño (Bazar de La Palma), Esther Valera (Bazar del Centro Cultural Mañanas),  Mª Estebana Martínez (Bazar del Centro Cultural Tardes) y Teresa Canalejo (Bazar de los Jueves) Seguro que os gustan tanto como a nosotras y os hacen viajar.



Perro callejero ( Kaleko Txakurra) de Inmaculada Villalain.

Soy un perro callejero. Mi madre parió una camada de tres cachorros de los que sobreviví yo, el más fuerte. Me crió en un solar próximo a ser edificado en Deusto. Tuvo tiempo suficiente para enseñarme cómo sobrevivir sin depender de ella antes de ser atropellada por un coche.
Deusto es un barrio muy conocido de Bilbao situado en la margen derecha del río Nervión. Su universidad tiene bastante prestigio y esto atrae a muchos estudiantes que hacen que este barrio tenga mucho ambiente juvenil.

Me gusta mi vida porque gozo de mucha libertad, yo soy el dueño de mí mismo, aunque a veces es dura. Cuando me despierto al amanecer decido si me pateo el barrio o hago una incursión por otras zonas de esta ciudad. Hoy el cuerpo me anima a encaminarme hacia el Casco Viejo que es el corazón de la villa. Ya me he puesto en marcha, empiezo a andar por el puente de Deusto que como es basculante, se abre por el medio para que pasen los barcos, se mueve un poco con el abundante tráfico que tiene.
Cuando era cachorro me daba miedo cruzarle por la pequeña vibración que se produce, hasta que me acostumbré a ella.

Ya estoy en la margen izquierda de la ría y ahí está el Guggenheim, un museo de arte contemporáneo que es muy llamativo por sus formas curvas y retorcidas y por sus planchas de titanio que varían de color según la luminosidad del día. Es muy llamativo. Me dirijo hacia allí, pero yo voy derecho al perro gigante lleno de flores que han puesto delante del museo. Me paro, doy un par de vueltas alrededor de él, olisqueo las flores y por supuesto las riego. He oído decir que el perro se llama Puppy y que tiene el
honor de ser el perro más grande del mundo con doce metros de altura. Pero lo mejor es la caseta que le han hecho detrás jeje. Esto es una bilbainada de aquí.

Ahora más vacío y ligero me dirijo a la parte de atrás del Guggenheim y paso por debajo de una araña gigante que la hizo un francés, un tal Bourgeois, en recuerdo de su madre a la que quería mucho y cuyo trabajo había sido el de tejedora. No me quiero ni imaginar como sería la vaca si su madre hubiera sido lechera.

Dejo atrás a los turistas y sigo andando por la orilla de la ría. Quiero ir al Campo de Volantín, pero para llegar tengo que volver a cruzarla y lo hago por el puente de Calatrava. Cuando camino por él siempre pienso lo mismo, que cómo se le ocurrió al que lo hizo poner una pasarela acristalada en Bilbao que no llueve casi nunca y tampoco hay humedad. Anda que no he visto aquí darse unos buenos mamporros a los que andan a dos patas. Yo que tengo cuatro camino con cuidado no vaya a ser que acabe bebiendo agua de la ría.

El Campo de Volantín me gusta mucho por dos razones: la primera, porque es un paseo flanqueado por árboles muy altos en los cuales ya he dejado mi impronta y segundo porque me encuentro con muchos colegas paseando con sus dueños. Me dan un poco de pena porque no pueden correr libremente como yo, siempre atados a sus correas y unidos a sus amos, pero me imagino que tiene que tener sus beneficios porque siempre se les ve contentos. Nos olisqueamos, movemos nuestras colas, nos ladramos...

Concluida la ceremonia continuo mi camino que me lleva hasta el Ayuntamiento, en cuya plaza se celebran los acontecimientos más importantes de la ciudad. Desde hace unos meses se manifiestan los
jubilados pidiendo ser escuchados y que se cumplan sus peticiones. Me encanta cuando coincido con ellos porque ya me conocen. Me acarician y me saludan por mi nombre, porque tengo nombre. Me llamo Txomin. Me lo puso el abuelo al que tengo especial cariño. Cuando me ve, me llama y
me da galletas riquísimas en forma de hueso que saca de su bolsillo. Se ve que tiene un perro en casa.

Me quedo un rato con ellos y después continuo mi paseo hasta la Plaza del Arenal que se encuentra muy cerca. En ella hay un kiosko de música en el que la banda municipal da de vez en cuando conciertos que yo me quedo escuchando, porque también a los animales nos gusta la música.

Por fin llego al Casco Viejo. Este es el corazón de Bilbao, en donde se encuentran las Siete Calles. Estas calles representan el espíritu de la villa. Tienen muchas tiendas y tabernas tradicionales con unos pintxos que huelen que alimentan y que proporcionan ricos desperdicios. Es una zona muy típica y con muchísimo ambiente. Deambulo distraídamente por ellas hasta llegar a la Plaza Nueva en busca de un amigo al que hace unos meses sus dueños han abandonado. El muy iluso sigue esperando su regreso y
anda con el rabo entre las piernas, triste y cabizbajo por la zona en la que le dejaron. La plaza es totalmente cuadrada y llena de pórticos, en los cuales los días de fiesta los hombres intercambian cromos, sellos, monedas... También está llena de buenas tabernas que siempre están muy concurridas.

A mi amigo les estoy enseñando como sobrevivir igual que hizo mi madre conmigo. Nos damos una vuelta por las Siete Calles y buscamos algo que comer entre las basuras, que de algo debe de servir tanto pintxo en los bares. Una vez con la panza llena nos sentamos en cualquier soportal y viendo a la gente pasar nos hacemos compañía mientras echamos la siesta. Luego seguimos dando vueltas entre calles hasta que oscurece.

Cuando las luces se encienden nos dirigimos hacia el Mercado de la Ribera, que es famoso porque en él se venden productos de alimentación de primera calidad típicos de esta tierra y de los caseríos de la zona. Rebuscando entre su basura siempre encontramos algo que nos guste para cenar. ¡Qué bien se come en Bilbao!

Bien entrada la noche ya es la hora de irse a dormir. Sé el sitio perfecto para ello. Caminando pasamos por delante del Teatro Arriaga, que ha sido reformado varias veces y que es un edificio con una fachada
impresionante. El interior debe de ser también igual de hermoso, claro está que yo no lo he visto, pero oigo los comentarios de las personas cuando salen de él. Cruzamos el último puente de hoy, el puente del Arenal para otra vez en la margen izquierda de la ría llegar a la estación del ferrocarril, la Estación del Norte. Este lugar se caracteriza porque en su interior tiene una vidriera espectacular, incluso para mis ojos perrunos. Allí buscamos un lugar escondido para sentirnos seguros y protegidos tanto de
la gente como de las inclemencias del tiempo. Nos tumbamos juntos y dándonos calor nos quedamos dormidos.

Tengo que animar a este amigo que lo está pasando tan mal, sigue apegado al recuerdo de su dueño, pobrecillo. Mañana le voy a sacar de las Siete Calles aunque le cueste un esfuerzo y le iré descubriendo otras partes de esta bonita villa. Pero eso será otro día.








Temblores, de M. Carmen Meroño

Y Granada temblaba. Y temblaba como las hojas de los naranjos de los patios de La Alhambra. Y los leones balbucientes miraban en derredor sin mover sus fauces por miedo a impresionar a aquellas gentes que huían despavoridas, temblando, porque no era el miedo lo que les hacía temblar.

¡Ay, Granada! ¿Qué buscaban los árabes en tus entrañas que tan rotas las dejaron, que ni siquiera los siglos lo supieron componer?

¿Quizás fue el corazón? ¿Quedó tu corazón roto para siempre?

No, no pudo ser. Aquellos hombres quizá dejaron corazones que temblaron para descargar sus fatigas, fatigas de amores, de guerras, de hambre, de penas, de dejar tanta belleza a sus espaldas y de no poder mirar atrás.

Hoy, en el siglo XXI, me preguntó ¿por qué tiembla Granada?

Pues quizás tiemble de pena por haber dejado atrás la sabiduría del que hacía las acequias, del que de las fuentes de piedra hacía brotar el agua cantarina cual piar de pájaros, del que en las almenas oteaba horizontes de cielos azules y cumbres nevadas, del que los velos de la amada volaban a su alrededor como palomas blancas...

Pero la pena se cura. Si no fuese así, qué tierra no temblara.

El Albaicín hoy la hace temblar al ritmo de sus palmas por bulerías, el Darro y su vega cautivan el alma. Sus barrios, sus iglesias, sus aljibes, sus peinetas y mantillas, sus palillos, su mejorana y ese vino que sabe a gloria. 

Hoy si Graná tiembla es por pura cortesía. No quiere perder esa gracia y poderío y eso sólo se consigue con un buen traje de volantes, un clavel en el pelo y al ritmo de un buen zapateao que haga temblar Graná y lo demás, tonterías.

¡Que Graná es mucha Graná!







Mi pueblo acaricia mi nombre, de Esther Valera

Él deseaba una pequeña ciudad para su nuevo destino, quería encontrar el lugar que le invitara a quedarse mucho tiempo...

Este profesor tenía que seguir esperando: Había llegado a un pueblo. Este era blanco, verde, de horizonte ondulado, aire límpido y rio cantarín. Lejos de malhumorarse y lamentarse, de suplantar su cerebro con las redes sociales e internet, pidió a sus alumnos que le enseñaran todo el pueblo y su entorno. Rieron: 

-Pero si no tiene  nada, ¿qué te vamos a enseñar?
-Cuando vivo en un sitio me gusta conocer dónde estoy.

Hubo voluntarios y durante una semana, por las tardes, fueron recorriendo todas las calles, rincones y parajes. Acabado el itinerario de reconocimiento, estudiado y meditado, resolvió que lo pequeño y recóndito, tenían también algunas posibilidades.
  
Otro día les preguntó: ¿Qué cosas comunitarias os gustaría tener, cambiar o conseguir? Quiero propuestas realistas, concretas y que lleven implícito vuestro compromiso de colaboración y dedicación.

No pasaron muchas jornadas cuando al profe le sorprendió que sus chicos dispusieran de tantas neuronas libres (libres de sus móviles) y tan fructíferas. Fueron llegando los proyectos y juntos concretaron los que eran más factibles.

Se hicieron peticiones, sugerencias, reuniones con el Ayuntamiento, sensibilización ciudadana...Todo fue madurando. Aprendiendo a esperar y gestionar, se fueron sumando las personas comprometidas, las fuerzas, las nuevas causas, las aportaciones y subvenciones y, sobre todo, la convicción de que se harían realidad.
 
Así se consiguieron una biblioteca, un cinefórum, un parque, un lugar apropiado para el botellón, una red escolar de solidaridad, jornadas de integración, aula de naturaleza, árboles en algunas calles, pinturas murales y hasta una pequeña emisora de radio a tiempo parcial.

Los jóvenes se sentían protagonistas y actores, pues ponían las ideas y cuidaban como propio, pues lo era, todo lo conseguido y sus nombres aparecían escritos como colaboradores necesarios.
El profesor convivió con ellos largo tiempo, quiso hacer el seguimiento y monitorización de todo lo realizado.

Cuando se marchó, el pueblo siguió siendo blanco, verde, de horizonte ondulado y aire límpido....No se construyó nada llamativo para atraer turistas, pero a la par del río, sonaba una musicalidad nueva y callada, joven e ilusionante, llena de paz y educada convivencia.

Daba gusto pasear por él....








Mi pueblo, Cartagena, de Mª Estebana Martínez

Aquí nací, crecí, me casé, tuve a mis hijos y engordé. Esta es una parte de la historia de mi ciudad, pero tiene otras.

Como es una ciudad trimilenaria, figurarse con tanto tiempo las cosas y las gentes que han pasado por aquí. Eran alquilados, porque no se quedaron para siempre, celtas, íberos, musulmanes, judíos (estos sí se quedaron porque salen en las procesiones; aquí los soldados romanos de las procesiones son judíos y, si no os lo creéis, preguntadle a cualquier cartagenero).

Vuelvo a la historia. Aquí ha habido de todo: guerras, motines y hasta un Cantón. También cosas buenas, mi historia es un ejemplo.

No puedo hacer más largo el trabajo que ha mandado Isabel porque no es lo mío. Sí diré para acabar que, en el mapa de España, Cartagena es el centro y el resto, la periferia.








Evocación, de Teresa Canalejo

Los sillares de las fachadas, la humedad que los cubre nada más desaparece el sol. Los rincones cubiertos de verde musgo. Los bares pequeños con olores profundos donde cenamos caldo gallego acompañado del Ribeiro en copa de loza blanca.

Los portones de madera robusta, oscura y tallada con maestría por manos anónimas, testigos durante décadas de tantas historias ya perdidas. Las farolas de hierro forjado que albergan tenues bombillas amarillentas como estrellas polares que orientan a los rezagados y nocturnos transeúntes. Calles que rodean a la imponente catedral llenas de peregrinos durante las horas diurnas. Las canciones de la tuna que suenan a lo lejos. 

Es una ciudad que late, que parece tener vida propia, personalidad oculta, reglas antiguas. Quizá Santiago de Compostela no sea del todo así, quizá sea como a mí me gusta recordarla, como una enigmática belleza gótica.




11 diciembre 2020

¡Buenos días! ¿Qué os parece si empezamos el fin de semana disfrutando de la poesía? Nuestra amiga Consuelo Susmozas, del Bazar de Letras turno de mañana, comparte con nosotras estos versos:


I

Él es el viento, al que nadie 

atrapa, y soles naciendo, 

para iluminar con sus luces 

los espacios oscuros y fríos 

como el hielo.



II

Que todas las bellezas 

existentes sean contempladas por tus ojos, 

que tu mirada se detenga

 arrodillada ante la verdad, 

verdad que llevarás a todos 

los rincones como el viento 

abriéndose camino.